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No era
mi intención ver este film, pues tal y como ha ido la historia
de su creación, parecía que el resultado iba a ser tan
desastroso como El exorcista: el comienzo. En resumen, Joel Silver,
el productor de Matrix, contrata a Oliver Hirschbiegel (El experimento,
El hundimiento) para que ruede un innecesario tercer remake de La invasión
de los ladrones de cuerpos. Una vez visionado por algunos tipos de Warner,
coleguitas y demás conejillos de indias, resulta no gustar a
casi nadie. Por lo que llama a sus amigos, los hermanos Wachowski, para
que le arreglen el film y estos lo ponen en manos de James McTeigue
(director de la segunda unidad de la saga Matrix y director titular
de V de Vendetta). Rodando nuevas escenas de acción y rehaciendo
la mayor parte del film para darle más importancia al personaje
de Daniel Craig.
Posiblemente algún día lleguemos a ver en DVD la versión
original del film, y podremos comprobar su nivel. Pero de momento no
nos queda más remedio que aguantarnos con esta.
Lo más positivo del visionado fue que en la sala del cine Nervión
de Sevilla se exhibía una copia en digital, con una imagen de
gran calidad y definición.
La película empieza bien (sin exagerar) pero va avanzando torpemente.
Y sin saber exactamente que secuencias son de un director u otro, sí
que se nota que están montadas con calzador. Se nota en alguna
como en la que Nicole Kidman (que parece todo el rato un anuncio de
la moda otoño de El corte inglés), se va de la embajada
para intentar encontrar a su hijo, dejando a Daniel Craig y compañía
esperándola. Después de pasar una serie de infortunios,
regresa a la embajada y todos están en la misma situación
que antes, como si apenas hubiesen pasado unos minutos.
Y poco a poco, la cosa se va desmadrando. Como en una secuencia que
debería ser terrorífica, en la que Nicole es rodeada por
unos extraterrestres en el supermercado. Pero se libra de ellos de una
forma bastante ridícula y nada más huir a la calle se
encuentra con un coche en marcha con las llaves puestas, para que se
inicie una persecución por las calles de Washington que no venía
a cuento.
Por desgracia toda la película carece de la tensión que
debería crear una historia como esta. Tensión que sí
tenían sus tres predecesoras. Y de las cuales siento especial
predilección por la de Philip Kaufman, seguramente por la temprana
edad en la que la vi por primera vez.
Lo único que tiene en común con las otras es la doble
lectura. En la de Don Siegel, la amenza comunista. Philip Kaufman con
el Watergate. Y Abel Ferrara con el sida. Esta nos aporta una comparación
con los conflictos bélicos mundiales (en los que EEUU siempre
tiene algo que ver), algo inherente en la condición humana. Una
reflexión que se acentúa en una de las pocas secuencias
que se salvan de la película, en una conversación de un
diplomático ruso con Nicole Kidman.
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Lluís
Alba
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