| MIL
AÑOS DE ORACIÓN

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No es que
conozca mucho la trayectoria de Wayne Wang. Sólo había
visto el díptico formado por Smoke y Blue in the face. Y en esas
películas no sé hasta que punto hay cosas de Paul Auster
o de él.
Después pasó por una trayectoria cinematográfica
que me hizo colocarlo en el cajón de los directores olvidados,
con películas insustanciales (o al menos me lo parecieron) al
servicio de estrellas como Jennifer López.
Mil años de oración se anunciaba como la vuelta al cine
de autor de Wayne Wang. Triunfadora en el pasado festival de San Sebastián,
no sabía exactamente con lo que me iba a encontrar. Con un argumento
en el que el padre chino viudo viaja a los EEUU para reencontrarse 10
años después con su hija recién divorciada. Podría
ser cualquier cosa, incluso me esperaba más un melodrama pausado.
Para mi sorpresa no fue así, es cierto que el ritmo de las secuencias
que siguen al padre son pausadas, aunque es algo siempre muy preferible
a los malos autores de videoclips alargados que inundan Hollywood hoy
en día. Y, aunque hay espacio para el drama, las escenas que
prevalecen son pura comedia. Unas que recuerdan al Jarmusch de Ghost
Dog, con los diálogos entre el padre Chino y una señora
iraní. Ambos hablan mal el inglés, y acaban hablando entre
ellos en chino e iraní. Sin embargo se entienden.
La película nos muestra los encuentros del padre con la gente
que vive en el pueblo estadounidense de su hija. La mencionada iraní,
unos jóvenes mormones que pretenden enseñarle quién
es Dios a un anciano ateo comunista, un tendero de souvenirs que le
vende un oso de madera nuevo como si fuera una antigüedad, un ex
agente del FBI que es el casero de la hija y una vecina que se pasa
todo el día en bikini tomando el sol.
Todas estas secuencias, en tono de comedia, son intercaladas por las
que viven en la intimidad de la casa padre e hija, y cómo vemos
el abismo generacional y de cultura que hay entre ellos. Mostrándonos
que lo que se vive con personas extrañas, ya sea por educación,
suele ser más alegre que la dura realidad de la intimidad familiar.
Así avanza la película hasta llegar a un momento clave
en el que descubrimos, los motivos del divorcio de la hija y el pasado
de su padre en la China comunista.
La película también nos deja una serie de frases para
la posteridad. Como la del padre que dice que el comunismo no es malo,
sino que está en malas manos. O la del vendedor de antigüedades
que le dice que el oso de madera no tiene 300 años, porque si
no le costaría mucho más caro, este le sale más
barato y conceptualmente es como si tuviera 300 años.
Frases que seguramente se las debemos más a la autora de la novela
y guionista del film Yiyun Li. En España tenemos en cartera el
estreno de La princesa de Nebraska, también de Wayne Wang a partir
de una novela de Li.
En definitiva, me lo pasé muy bien viendo la peli, y hacía
semanas que no veía una en el cine que me satisficiera durante
la totalidad de su metraje.
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Lluís
Alba |